Ya no está en mis manos (reflexión)

Ya no está en mis manos

Desde hace varios días nuestra televisión y la prensa han estado alertando a la ciudadanía sobre la, hasta ese momento, sutil amenaza que representaba un huracán que se aproximaba a nuestra isla.

Esto fue hace una semana, aproximadamente.

A partir de ese momento la precaución hizo acto de presencia en nuestras vidas cotidianas, pensando, como siempre lo hacemos, que posiblemente no tocaría suelo borincano, o que, en el mejor de los casos, únicamente un poco de lluvia y vientos nos iban a tocar.

En el mejor de los casos.

Este pasado fin de semana, cuánto más crecía la preocupación y el posible fortalecimiento de Irma, el pueblo fue acudiendo en mayor escala a los supermercados para abastecerse.

Prevención, por si acaso, ¿verdad? Los puertorriqueños siempre nos hemos distinguido por, o prepararnos a conciencia, o no hacer nada. Nunca hay un término medio.

Pero las noticias que iban surgiendo no eran precisamente alentadoras.

El fenómeno atmosférico se fortalecía cada vez más, y su azote, de cualquier forma que se adornara, iba a ser perjudicial para nuestra isla.

Llegó el lunes. La ciudadanía siguió su habitual vida en el fin de semana, siempre esperanzados de que esta situación no se saliera de control y fuera verdaderamente lo que siempre hemos temido, un ciclón que cambiara por completo la normalidad de nuestra gente en negativos aspectos.

Negativos aspectos serían la falta de energía eléctrica, suministro de agua, carreteras inundadas, obstrucción de pasos, comunidades aisladas e incomunicadas en su totalidad, el colapso de nuestra economía, las precarias condiciones de nuestras viviendas en caso de ser afectadas por el fenómeno, y muchas otras cosas más que nos atañen como pueblo, sin contar con lo más importante: pérdida de vidas a causa del ciclón.

Lunes. Los comercios se abarrotaron, las existencias de agua y otros productos necesarios se agotaron en cuestión de horas, obligando a los comerciantes a reabastecerse, los que pudiesen, ante la inminencia de la emergencia nacional.

La preocupación, ahora más palpable, creció a pasos agigantados. Ya Irma no era una lejana tormenta que posiblemente llegaría en unos días a las costas caribeñas. Ahora era un huracán categoría 4 a punto de convertirse en uno de 5 en cuestión de horas.

Se emitieron los avisos requeridos, se alertaron y activaron las agencias gubernamentales requeridas, se suspendieron las actividades de nuestra vida diaria en aras de prepararnos debidamente para enfrentar lo inimaginable. Todo se ha hecho.

Estamos probablemente preparados, o en vías de hacerlo en las restantes horas hoy y mañana, antes que llegue Irma.

Nuestro pueblo, en décadas recientes, sufrió el embate de poderosos huracanes que nos socavaron en todos los aspectos para ese entonces, y nuestros abuelos pueden atestiguar sobre el particular. No fue fácil en ese momento, ni tampoco, a pesar de la modernidad y preparación que nos rodea, ahora.

Nadie está preparado para un fenómeno de la naturaleza de esta magnitud.

No lo estábamos antes; menos ahora.

Las redes sociales se inundaron y seguirán in crescendo en las siguientes horas y días. Todo el mundo comentando. Muchos mensajes. Palabras de apoyo, de aliento y esperanza. Todo muy bien, lo acepto, y me agrada saber que somos un pueblo que no solamente se une en la adversidad o en los momentos deportivos gloriosos.

Hoy le brindaré la mano a mi vecino, a mi familia, a los amigos que lo necesiten, y hasta al extraño que nunca había visto. Es nuestra sustancia e identidad como puertorriqueños y seres humanos.

Pero falta algo. Básico. Importante.

Yo diría que lo más importante, aunque sé que algunos no pensarán así.

Cuando todas nuestras fuerzas desfallecen, cuando el temor se apodera de nuestras vidas, cuando no vemos una luz al final del camino que nos ilumine y dirija hasta un puerto seguro, ahí, en ese instante decisivo de nuestra existencia, debemos pedir ayuda, una ayuda más allá de los límites imaginables.

Nuestro gobernador y los alcaldes se preocupan y apoyan a su gente, porque ellos son parte integral de la misma, ¿o es que acaso ellos no salieron, en la mayoría de las ocasiones, de hogares humildes o de clase media y hasta alta, donde una situación de tal altura los avasallaba y se sentían impotentes para ayudar y sobrevivir? Hay que darles el crédito que merecen por siempre, en menor o mayor escala, tratar de sostener a su pueblo en momentos difíciles.

Pero ellos no pueden hacerlo solos. Son humanos, y como tal, pueden fallar, o no tener los recursos necesarios para hacerle frente a un monstruo de esta naturaleza.

Debemos, como dije antes, apoyarnos mutuamente como pueblo. Siempre nos hemos distinguido por ello.

Pero también, repito, en un momento así de preocupación y miedo, nuestras miradas deben dirigirse hacia lo alto, hacia Dios.

Tenemos que pedir mucha fortaleza para lo que posiblemente nos espera en las siguientes horas, y mucha serenidad para sobrellevar las horas difíciles de la noche cuando los vientos rujan y las lluvias arrecien, pero también, hoy, debemos arrodillarnos y pedir que, a última hora, surja un cambio en Irma que lo desvíe, aunque sea unos grados de su ruta directa hacia nosotros, y que su impacto no sea de la magnitud que se espera.

Solamente él puede hacerlo. En el pasado no he sido precisamente un creyente acérrimo, pero en los últimos tiempos, ante los golpes crueles de la vida, he aprendido en carne propia que no solamente existo yo y mi egocentrismo, sino que, cuando todas mis fuerzas humanas desfallecen, y mi ánimo se cae por los suelos, únicamente existe alguien que está ahí, listo para auxiliarme, pero únicamente si yo se lo pido con todo mi corazón.

Ninguno de nosotros conoce con antelación lo que la vida nos depara, pero es reconfortante y hermoso se sentir que, no obstante, el curso de nuestra existencia no sea lo que esperábamos, siempre será mejor cuando tenemos a quién recurrir en caso de necesidad.

Ya estamos listos para enfrentar lo que sea, porque somos puertorriqueños valientes, y unidos como pueblo, y si dejamos a un lado la incredulidad y la arrogancia que en ocasiones nos asalta, y yo no soy la excepción, y le pedimos a Dios que nos acompañe durante todas esas amargas horas, él lo hará.

Aunque también he aprendido que, aunque no lo hagamos, siempre caminará junto a nosotros en medio de la tormenta. Un padre siempre lo hace con sus hijos.

Ya no está en mis manos. Ahora está en mejores manos, las perfectas, y sé, en mi corazón, de que camino seguro en la oscuridad hacia la luz, y que no temeré mal alguno, pues él siempre estará ahí para socorrerme cuando caiga, porque mi confianza se encuentra depositada en Dios.

No caeremos. Tengo fe de que no. Espero que también tú, que lees estas palabras, la tengas…

Peter R. Vergara Ramírez

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Confiamos ciegamente en las cosas humanas, y a veces hay que hacerlo hasta cierto limite, pero cuando todas esas situaciones provocan el desaliento y la crisis en nuestra existencia, y nos detiene en el camino emprendido, es tiempo de reflexionar, detenerse, y enfilar nuestra existencia en la dirección correcta con la ayuda del que nunca falla: Dios. Cuando todo lo humano falla, quizás sea hora de voltear nuestra mirada a lo alto…

 

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