Regresa temprano #historiasdemiedo

Deadly Whispers: The Beginning...

REGRESA TEMPRANO #historiasdemiedo@vergrampeter

—Espero regreses temprano de la escuela. No te vayas a jugar con tus amigos a la casa abandonada— le dijo su madre en la mañana mientras desayunaban.
—Ya no voy a ese sitio, mamá— respondió Carlitos— Ahí asustan. Da miedo. —¿Asustan? Es una casa abandonada. El peligro de ese lugar es que en cualquier momento se derrumba, y no quisiera que te encontraras tú o cualquier niño en ese momento. Me preocupa, hijo.
—Está bien, mamá, no te preocupes— No voy.
—Perfecto. Te espero entonces a la tarde aquí después de salir de clases. Quiero que conozcas a alguien.
—¿Un nuevo novio? —se burló Carlitos. A pesar de su corta edad, 11 años, era muy espigado y despierto.
—Haz lo que te digo. Nos vemos— se despidió con un beso en la mejilla—. María te lleva a la escuela. No la hagas esperar como siempre. La atractiva mujer de regio porte se fue.
—Bien.
Minutos después el niño salió en compañía de la empleada de servicio, María, rumbo a clases. Apenas llegó a su escuela, vio a sus amigos en el patio de recreo. Los llamó.
—¿Vamos esta tarde al salir de clases a la casa abandonada? — les preguntó a sus dos amigos, Pedro y Luis. Ambos se rieron.
— Estábamos hablando de eso. Pedrito no puede, pero yo te acompaño.
— Muy bien. Luis, a la salida nos encontramos para ir.
— Vale.
La casa abandonada era una antigua mansión victoriana a las afueras del pueblo, a unas dos millas de la casa de Carlitos. Se podía llegar a ella por un estrecho camino rodeado de árboles. Carlitos y Luis iban tarareando una canción de moda mientras subían trabajosamente por la vereda que conducía a la vetusta casona.
Los jovencitos se percataron de algo apenas llegaron a unos metros de la casona.
— Qué extraño— dijo Carlitos—. La puerta está entreabierta.
La puerta principal de la residencia se encontraba un poco abierta. Carlitos y Luis se miraron, asustados.
— Yo no entro ahí. Parece que hay alguien— dijo Luis, nervioso.
— No creo. A lo mejor alguna persona entró y la dejó así al irse, o el viento la abrió.
— Puede ser
— Vamos. Entremos.
Entraron a la abandonada casona. No se escuchaba nada. Un total silencio invadía el lugar, impregnado de polvo y herrumbre, y cubierto por hiedras en las ventanas.
Tomaron la escalinata principal que llevaba al segundo piso. La madera de las tablas crujía bajo sus pies según subían.
Llegaron finalmente al piso. Carlitos llevaba, como siempre, una pequeña linterna regalo de su madre.
Fueron avanzando hasta una puerta al final del largo pasillo, donde siempre se reunían para jugar.
Carlitos encendió la linterna. La oscuridad reinaba.
Distinguió algo raro en el suelo. Eso no estaba la última vez que fueron.
Dirigió la luz hacia allí.
Una mancha, algo húmedo al parecer.
Viscosa, roja.
¿Sangre?
Carlitos, el más atrevido de los dos, se arrodilló. Luis se mantuvo alejado, esperando, y temblando de miedo, loco por salir corriendo.
Carlitos pasó sus dedos por la mancha, y olió.
— Huele a sangre.
— ¡No me digas! — se burló Luis—. ¡Por supuesto que es sangre! ¡Vámonos de aquí!
Los jovencitos no se dieron cuenta de que una puerta detrás de ellos se abría lentamente, y unos ojos malignos, brillantes, ocultos en la oscuridad, los vigilaban.
El hombre apenas tuvo tiempo para esconderse una vez escuchó a los niños subir la escalera. Jadeaba por el esfuerzo, no podía respirar con facilidad, especialmente porque tuvo que cargar el cuerpo y esconderlo a toda prisa.
El cuerpo de la joven.
La que había asesinado una hora atrás al salir ella de su trabajo en la repostería del pueblo.
La había engañado al ofrecerle un aventón, y la condujo hasta ese lugar abandonado. Conocía las leyendas tejidas alrededor de esa casona, y sinceramente, no esperaba visitas tan temprano.
Ahí acabó con la vida de la hermosa muchacha rubia.
Ella esperaba quizás un ligue amoroso, porque el hombre era guapísimo, y lo que encontró fue su muerte a manos del desalmado asesino.
Sin querer, tropezó con algo dentro de la habitación. Maldijo en voz baja.
El ruido alertaría a los niños.
Efectivamente, la puerta se abrió de repente, y la luz de la linterna de Carlitos los descubrió.
El cuerpo de la joven, tendido en el suelo, y el asesino de pie mirando furiosamente a Carlitos y a Luis. Unos ojos malignos que se quedarían por siempre en la memoria de Carlitos.
Todo fue demasiado rápido a partir de entonces. El sanguinario criminal agarró a Luis por la camisa, lo levantó en vilo, y lo arrojó brutalmente contra la pared del fondo, matándolo en el acto.
Carlitos reaccionó, y gritando despavorido, salió corriendo de la habitación, bajó las escaleras en un santiamén, y escapó de la casona, sintiendo el aliento del asesino pegado a su nuca.
Nunca supo el tiempo que le tomó llegar a su casa al otro lado de la colina. Quizás una hora o más; quizás minutos. Estaba aterrado. Su amigo Luis estaba muerto posiblemente, y un asesino lo perseguía.
Tenía que decírselo a su mamá, llamar a la policía, rescatar si era posible a su amigo.
Llegó finalmente a su casa. Había un auto estacionado al frente.
El nuevo novio de mamá.
Al menos era un hombre, y lo defendería si el asesino aparecía.
Jadeante, asustado, tembloroso, abrió la puerta.
Su madre estaba en la sala, sentada al lado de una persona. No alcanzaba a verlo bien.
Su madre lo descubrió, y presurosa fue donde él.
Sin darle tiempo a hablar, y sin reparar en su aspecto aterrorizado, le dijo:
— Regresaste temprano, hijo. Ven. Te quiero presentar a mi amigo, el
nuevo sheriff del pueblo. El hombre se levantó del sofá, y se volteó a mirarlo.
— Hola. Al fin nos conocemos, Carlitos.
¡Era el asesino de la joven rubia y de su amigo Luis!
En cámara lenta vio como el asesino sacaba una pistola escondida, y les apuntaba a los dos.
—¡Noooooooooooo!

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