Recuerdos implacables #historiasdemiedo

Recuerdos Implacables

—¿Quién demonios eres?
La persona no dijo nada. Sonreía burlonamente. En sus negros ojos como la noche únicamente veía la sombra de la muerte.
—¡Háblame, maldita sea!
Se movió hacia mí, lentamente, como si disfrutara con mi angustia.
Sentí mucho miedo. Apenas podía moverme; mucho menos reaccionar. Llegó hasta mi altura, y posó su siniestra mirada en mis atadas manos a la silla. Jamás estuve tan indefenso.
—¿Acaso no adivinas quién soy, maldito infeliz? Su cara y su voz despertaron recuerdos de un lejano pasado; uno que siempre quise olvidar.
Desesperadamente busqué en mis memorias sobre esa etapa de mi existencia.
La luz se hizo de pronto en mis recuerdos.
Pero ya era tarde para mí.
La acerada hoja de un cuchillo avanzaba rápidamente hacia mi cuerpo.
Ya no pude pensar en nada más…

Horas antes…
Mi rostro reflejaba el disgusto que sentía esa noche. Una copiosa lluvia, que amenazaba convertirse en inundaciones en las siguientes horas, no mejoraba ciertamente mi estado de ánimo.
No fue sencillo levantarme de mi cómoda cama una hora antes para asistir a trabajar en ese turno asignado de 11 a 7 de la mañana, y si a esto le sumaba que mi otro compañero, irresponsable como siempre, no había asistido, estaba como quien dice, de un humor de perros que ni yo mismo soportaba.
No me quejaba. En mi pueblo existía un desempleo increíble. Podía sentirme feliz de contar con un empleo que al menos cubría parte de mis necesidades.
No eran muchas, pues vivía solo, a escasas millas de mi lugar de trabajo, un gigantesco complejo deportivo gubernamental, donde los amantes de los ejercicios y la buena salud asistían diariamente hasta las 9 de la noche, hora en que cerrábamos los portones de la entrada, y dos guardias se quedaban prestando vigilancia hasta el relevo de otros compañeros al día siguiente.
Ya no era joven. Rondaba los cincuenta años, y tampoco me sentía tan ágil como en mi juventud, lógicamente. Si a eso añadía que estaba pasado de peso en un cuerpo que apenas levantaba seis pies del suelo, y una cabeza desprovista de cabello pues el panorama no era muy halagador. Terminé de redactar el informe y me levanté de la silla, dispuesto a realizar una ronda inicial por el complejo deportivo.
Me subí a la patrulla asignada para esta labor. Encendí el motor. Comencé a desplazarme por la ancha avenida que circunvalaba el parque.
La lluvia que caía no me permitía ver bien. Pero debía continuar y vigilar la dependencia lo mejor posible esa noche.
De pronto me detuve. Apagué el vehículo. Había escuchado algo.
Me hallaba en la parte más alejada del complejo deportivo, el que daba hacia los montes cercanos, rodeados por una valla de seguridad. Algunos postes eléctricos no funcionaban, por lo que la visibilidad, y más en esa tormentosa jornada, era escasa.
Una calma total, claro, con la excepción de las ramas de los árboles que se movían violentamente al compás de las ráfagas de lluvia y viento que habían arreciado en los últimos minutos.
Para empeorar las cosas, en esa noche en particular se celebraba la Noche de Brujas, Halloween, y los chicos en las calles andaban haciendo muchas travesuras. Ya el año anterior lo habían hecho.
Volví a escuchar el ruido. Me bajé del vehículo, y me fui acercando lentamente a la valla.
Nada.
Ni un alma.
De repente me volví, asustado.
Alguien se encontraba detrás de mí.
Respiré, profundamente aliviado.
— ¿Qué haces aquí? Todavía no entras al turno hasta más tarde.
— Estaba por las cercanías, y aproveché para venir a acompañarte. Sé que tu compañero no asistió a trabajar.
— Ya sabes lo irresponsable que es. Gracias por venir.
— Es un placer – respondió enigmáticamente-. La noche apenas comienza.
— Ni me lo digas. Le di la espalda por un instante.
Fue suficiente para mi acompañante. Me golpeó brutalmente con un objeto, y caí pesadamente al suelo.
— Como dije anteriormente, la noche apenas comienza.

Una hora más tarde…
Vi como la hoja de metal se acercaba rápidamente a mi cuerpo, pero en el último segundo se detuvo. Michelle, mi compañera de trabajo admitida recientemente, me observaba como a un bicho raro.
La hermosa joven de ojos verdes y escultural cuerpo me tenía amarrado a una silla en mi oficina.
El miedo agarrotaba mi cuerpo. No entendía nada. Apenas pude decir:
— ¿Por qué? ¿Quién eres?
— Soy alguien de tu pasado. Nací de una violación en una noche como esta, Halloween. Mi madre no pudo soportar más su vida, y se suicidó, no sin antes confesarme el nombre del infeliz que la desgració. ¿Adivinas quién soy?
— ¿Eres mi hija? Comencé a llorar amargamente. Había cometido un error en mi juventud que siempre me atormentó, y ahora estaba aquí, enfrente mío, para cobrarse la deuda.
— Bingo. Soy tu hija. De nada te valdrá saberlo. Vas a morir. Se lo juré a mi madre antes de fallecer. Investigué cómo encontrarte, logré me admitieran a trabajar contigo, y ya ves.
— Ya veo.
— No, no puedes ver. Nunca supiste el daño que le causaste a mi linda madre, y todo el sufrimiento que arrastró durante todos estos años. Pero nada, no pienso hablar más. Estás a mi disposición, y voy a matarte para que no sigas haciendo daño a los demás.
Atado a esa silla, indefenso ante mi hija y la vida, dejé de sentir miedo. Era hora de pagar por mis errores del pasado, los que siempre atormentaron mi espíritu a través de todo ese tiempo. Miré dulcemente a Michelle, mi hija. Una hermosa joven cegada por el deseo de venganza.
— Dios te bendiga hija.
Cerré mis ojos suavemente. Me rendí. Sentí una paz inmensa. Había cometido errores, lo aceptaba. Ahora era el momento de partir. Iba a morir, pero si con eso expiaba parte de mis pecados en este mundo lo aceptaba.
Una solitaria lágrima se escapó a través de mis cerrados ojos.
Segundos después, la vida terminó para mí.
Ya no sentiría más miedo. Estaba en paz…

Peter R. Vergara Ramírez
Autor
#historiasdemiedo #vergrampeter

Regresa temprano #historiasdemiedo

REGRESA TEMPRANO #historiasdemiedo@vergrampeter

—Espero regreses temprano de la escuela. No te vayas a jugar con tus amigos a la casa abandonada— le dijo su madre en la mañana mientras desayunaban.
—Ya no voy a ese sitio, mamá— respondió Carlitos— Ahí asustan. Da miedo. —¿Asustan? Es una casa abandonada. El peligro de ese lugar es que en cualquier momento se derrumba, y no quisiera que te encontraras tú o cualquier niño en ese momento. Me preocupa, hijo.
—Está bien, mamá, no te preocupes— No voy.
—Perfecto. Te espero entonces a la tarde aquí después de salir de clases. Quiero que conozcas a alguien.
—¿Un nuevo novio? —se burló Carlitos. A pesar de su corta edad, 11 años, era muy espigado y despierto.
—Haz lo que te digo. Nos vemos— se despidió con un beso en la mejilla—. María te lleva a la escuela. No la hagas esperar como siempre. La atractiva mujer de regio porte se fue.
—Bien.
Minutos después el niño salió en compañía de la empleada de servicio, María, rumbo a clases. Apenas llegó a su escuela, vio a sus amigos en el patio de recreo. Los llamó.
—¿Vamos esta tarde al salir de clases a la casa abandonada? — les preguntó a sus dos amigos, Pedro y Luis. Ambos se rieron.
— Estábamos hablando de eso. Pedrito no puede, pero yo te acompaño.
— Muy bien. Luis, a la salida nos encontramos para ir.
— Vale.
La casa abandonada era una antigua mansión victoriana a las afueras del pueblo, a unas dos millas de la casa de Carlitos. Se podía llegar a ella por un estrecho camino rodeado de árboles. Carlitos y Luis iban tarareando una canción de moda mientras subían trabajosamente por la vereda que conducía a la vetusta casona.
Los jovencitos se percataron de algo apenas llegaron a unos metros de la casona.
— Qué extraño— dijo Carlitos—. La puerta está entreabierta.
La puerta principal de la residencia se encontraba un poco abierta. Carlitos y Luis se miraron, asustados.
— Yo no entro ahí. Parece que hay alguien— dijo Luis, nervioso.
— No creo. A lo mejor alguna persona entró y la dejó así al irse, o el viento la abrió.
— Puede ser
— Vamos. Entremos.
Entraron a la abandonada casona. No se escuchaba nada. Un total silencio invadía el lugar, impregnado de polvo y herrumbre, y cubierto por hiedras en las ventanas.
Tomaron la escalinata principal que llevaba al segundo piso. La madera de las tablas crujía bajo sus pies según subían.
Llegaron finalmente al piso. Carlitos llevaba, como siempre, una pequeña linterna regalo de su madre.
Fueron avanzando hasta una puerta al final del largo pasillo, donde siempre se reunían para jugar.
Carlitos encendió la linterna. La oscuridad reinaba.
Distinguió algo raro en el suelo. Eso no estaba la última vez que fueron.
Dirigió la luz hacia allí.
Una mancha, algo húmedo al parecer.
Viscosa, roja.
¿Sangre?
Carlitos, el más atrevido de los dos, se arrodilló. Luis se mantuvo alejado, esperando, y temblando de miedo, loco por salir corriendo.
Carlitos pasó sus dedos por la mancha, y olió.
— Huele a sangre.
— ¡No me digas! — se burló Luis—. ¡Por supuesto que es sangre! ¡Vámonos de aquí!
Los jovencitos no se dieron cuenta de que una puerta detrás de ellos se abría lentamente, y unos ojos malignos, brillantes, ocultos en la oscuridad, los vigilaban.
El hombre apenas tuvo tiempo para esconderse una vez escuchó a los niños subir la escalera. Jadeaba por el esfuerzo, no podía respirar con facilidad, especialmente porque tuvo que cargar el cuerpo y esconderlo a toda prisa.
El cuerpo de la joven.
La que había asesinado una hora atrás al salir ella de su trabajo en la repostería del pueblo.
La había engañado al ofrecerle un aventón, y la condujo hasta ese lugar abandonado. Conocía las leyendas tejidas alrededor de esa casona, y sinceramente, no esperaba visitas tan temprano.
Ahí acabó con la vida de la hermosa muchacha rubia.
Ella esperaba quizás un ligue amoroso, porque el hombre era guapísimo, y lo que encontró fue su muerte a manos del desalmado asesino.
Sin querer, tropezó con algo dentro de la habitación. Maldijo en voz baja.
El ruido alertaría a los niños.
Efectivamente, la puerta se abrió de repente, y la luz de la linterna de Carlitos los descubrió.
El cuerpo de la joven, tendido en el suelo, y el asesino de pie mirando furiosamente a Carlitos y a Luis. Unos ojos malignos que se quedarían por siempre en la memoria de Carlitos.
Todo fue demasiado rápido a partir de entonces. El sanguinario criminal agarró a Luis por la camisa, lo levantó en vilo, y lo arrojó brutalmente contra la pared del fondo, matándolo en el acto.
Carlitos reaccionó, y gritando despavorido, salió corriendo de la habitación, bajó las escaleras en un santiamén, y escapó de la casona, sintiendo el aliento del asesino pegado a su nuca.
Nunca supo el tiempo que le tomó llegar a su casa al otro lado de la colina. Quizás una hora o más; quizás minutos. Estaba aterrado. Su amigo Luis estaba muerto posiblemente, y un asesino lo perseguía.
Tenía que decírselo a su mamá, llamar a la policía, rescatar si era posible a su amigo.
Llegó finalmente a su casa. Había un auto estacionado al frente.
El nuevo novio de mamá.
Al menos era un hombre, y lo defendería si el asesino aparecía.
Jadeante, asustado, tembloroso, abrió la puerta.
Su madre estaba en la sala, sentada al lado de una persona. No alcanzaba a verlo bien.
Su madre lo descubrió, y presurosa fue donde él.
Sin darle tiempo a hablar, y sin reparar en su aspecto aterrorizado, le dijo:
— Regresaste temprano, hijo. Ven. Te quiero presentar a mi amigo, el
nuevo sheriff del pueblo. El hombre se levantó del sofá, y se volteó a mirarlo.
— Hola. Al fin nos conocemos, Carlitos.
¡Era el asesino de la joven rubia y de su amigo Luis!
En cámara lenta vio como el asesino sacaba una pistola escondida, y les apuntaba a los dos.
—¡Noooooooooooo!

Tú me das, yo te doy (tiempos modernos)

Se preguntarán la razón de nombrar este artículo así. Sencillo. Voy a tocar un tema que a mucha gente no le gusta, y apenas hablas de ello, se van huyendo. Desgraciadamente, en nuestra sociedad llamada moderna, la puertorriqueña, y también en muchos países, vivimos una época en que el interés es el motor principal de las relaciones humanas, y voy a explicar esto.
Antes, y me refiero a las décadas anteriores, existía algo llamado urbanismo, tradiciones familiares, y costumbrismo. Nuestra gente en aquel entonces conocía las buenas maneras, el saludo cordial, el sincero apretón de manos, el abrazo genuino, el compartir de comidas típicas los domingos por la tarde, las largas tertulias en el balcón de la casa, el paseo a pie hasta la plaza de recreo para confraternizar con los vecinos, los viajes a la playa, la jugadita de dominó, la bebelata en el cafetín de la esquina, el paseo nocturno por la calle McKinley, de mi pueblo de Manatí, para observar las vitrinas de las tiendas, la consabida parada en los mantecados chinos después de salir del Teatro Taboas, en fin, muchas cosas que nos identificaron como pueblo, y que ya no encontramos ni buscamos porque la modernidad del Smartphone, Internet, juegos electrónicos y todas esas cosillas nos arroparon hace unos pocos años, y ya para los efectos es casi imposible el volver a nuestras raíces. Lo que se pierde en el camino no lo recuperamos jamás, y las cosas buenas de antaño, menos.
Sigo con el antes, las cosas las hacíamos de corazón, sinceramente, por el sólo hecho de realizar un noble acto, y nuestras familias, digan lo que digan, eran más unidas que en el presente. Tiempo atrás, los miembros de una familia, por las limitaciones de energía eléctrica, transportación, facilidades, compartían en el seno de su hogar amigablemente, y los problemas de uno, eran los problemas de todos, hasta de la comunidad cercana que se unía al asunto sin pedírselo.
Hoy en día, no vemos eso. Las familias raras veces comparten, los niños en sus celulares y las redes sociales, los hombres en el negocio de bebidas viendo juegos de baloncesto de la NBA, las mujeres metidas de cabeza arrancándose los pelos en Facebook y Twitter, y cuando vemos, los niños crecen sin presencia paternal y maternal, y los padres no saben ni lo que significa criar un hijo, envueltos en su mundo de fantasía que al final, les pedirá cuenta.
Hoy vivimos el universo del Tú me das, yo te doy. Puro interés en todas las facetas de la vida. Yo recibo más dinero, trabajo. No estoy diciendo trabajo mejor, sino trabajo, pues esta es la actitud negativa de muchas personas en el presente, devengar salarios sin rendir frutos, y lo mismo aplica a las relaciones familiares, política, iglesia, todo lo que de una u otra forma se relaciona íntimamente con nuestra sociedad.
Ya no damos nada por el solo hecho de dar, sin esperar nada a cambio. Nuestro mundo, desgraciadamente, está lleno de esto, y no va a cambiar; al contrario, empeorará, pues lo bonito del pasado jamás regresará.
La satisfacción que una persona siente cuando da algo sin esperar nada, es incomparable. Es como si diéramos algo de nosotros para hacer un bien, y no nos hace falta que lo agradezcan, pues nos sentimos satisfechos y ya. Bueno, los que hacen todo por interés no, estos son distintos, estos no mueven un dedo si la recompensa no lo vale. Son seres humanos, si se les puede llamar así, que no hacen falta en la vida de nadie.
Volvamos a nuestras raíces, la puertorriqueñidad bonita, la mirada cálida y sincera, el desearle el bien al prójimo, el no envidiarle su última adquisición, ni el hablar a espaldas de los demás por el sólo hecho de tener un poquito más que nosotros. Tampoco peleemos con nuestros vecinos y hermanos por el único hecho de diferir con nosotros en los aspectos sociales, religiosos o políticos. No vale la pena. Es más bonito el ayudar, aunque no creamos en su posición.
Al final, para poder levantar lo poquito que nos queda de nuestras raíces, vamos a necesitarnos todos, sin distinción de ninguna índole.Todos estamos en el mismo bote, y debemos navegar hacia un puerto seguro, sin importar el capitán de la embarcación. Aquí nos olvidamos de colores, todos somos iguales si queremos salvar a nuestro país del olvido de las tradiciones en que se encuentra sumido.
Eso es, si aún tenemos el tiempo para hacerlo.
Depende de nosotros…

Peter R. Vergara Ramírez

Acaba con tu tristeza

Esta tristeza que siento no se la deseo a nadie. Un sentimiento que cala hondo en mi corazón, derrama lágrimas sobre mi espíritu, y destroza por completo mi ser, ansioso de redimirse ante la vida y las circunstancias que propiciaron mi caída. No es sencillo eliminar la tristeza. Muchos que leen esto lo sabrán muy bien, pero sin embargo me pregunto: ¿para qué me sirve? Quizás para llorar un rato, quizás para recapacitar en todo lo que hice en el pasado para llegar a esto, pero sí sé, por experiencia propia, que tu tristeza te ayuda para que sepas apreciar el valor de la vida, y todo lo hermoso que nos perdemos por estar deambulando por ahí como alma en pena, y buscando la compasión de los demás. Así que, olvida tu tristeza, arroja eso al zafacón porque no sirve de nada. Alegra tu existencia. Ríe, rejuvenece tu rostro, y sigue adelante. Ya lloraste; ahora es tiempo de sacar pecho, y enfrentar tu destino. Vale la pena. ¿O no?

Tu Dios no es mi Dios, artículo publicado en El Magacín de España

http://www.elmagacin.com/tu-dios-no-es-mi-dios/

 

Mi página de autor en Amazon

https://www.amazon.com/-/e/B01KD18KKM Mi página de autor en Amazon, donde se pueden conseguir todos mis libros en formato ebook o impreso.

Mi vida

(Libros Susurros Mortales 1 y 2, Al Final del Abismo, Tu Peor Enemigo Siempre Serás Tú, Tiempo De Hacer Las Paces Con Mis Demonios y otros actualmente a la venta en tamaño 6×9 regular. Ebooks disponibles de los 5 libros actuales)

Peter R. Vergara Ramirez, nacido en New York, pero residente desde 1967 en Manati, Puerto Rico. Posee un Bachillerato en Justicia Criminal, y prosigue estudios, actualmente, conducentes a una Maestría en la misma rama en la UNE de Barceloneta. Autor de otras cuatro novelas. Desde pequeño soñaba con adentrarse en la rama de la psiquiatría, pero por circunstancias de la vida tuvo que comenzar a laborar a temprana edad, frustrando sus sueños de ser un médico reconocido en el campo de la conducta humana. Cuando su madre enferma de cáncer del pulmón en el 2000, y mientras es tratada por tan aciaga enfermedad en Estados Unidos, es que siente en su interior el deseo ferviente de escribir, de plasmar por escrito lo que estaba sintiendo en esos momentos tan tristes, y ahí es que nace Susurros Mortales 1, El Comienzo, su primera novela publicada en Estados Unidos. Luego vendría su segunda novela, Susurros Mortales 2, Ángel de Piedad, y que será publicada ahora en septiembre del 2016, y luego, una vez regresa a Puerto Rico, escribe esta obra de ficción pero acorde con el momento actual, titulada Al Final del Abismo, desarrollada completamente en su ciudad adoptiva, Manatí, y que trata sobre temas actuales en nuestra sociedad, y la superficialidad rampante en la que actualmente vivimos en nuestro Puerto Rico y en la mayoría de las naciones alrededor del mundo. Actualmente se encuentra desarrollando la tercera parte de la saga Susurros Mortales, la que espera publicar próximamente una vez culmine la publicación de las dos primeras partes, todas en español. Son historias bien escritas en su narrativa, aquí nadie bosteza ni se duerme, y mantiene al lector en un estado de suspenso todo el tiempo; siempre esperando por más. Fueron noches sin dormir, amaneceres pegado a la pantalla de mi laptop, días en que surgieron en muchas ocasiones el famoso bloqueo del escritor, en que aunque deseemos seguir escribiendo, la mente, el corazón, y también la inspiración, se esconden en la cueva oscura del vacío mental, y es en estos momentos cuando descubrimos, sacamos, esa fortaleza para seguir adelante y culminar nuestra obra. Al Final del Abismo, al igual que las otras cuatro novelas, se encuentran en formato Kindle ebook y papel o impreso en Amazon, alrededor del mundo. Actualmente casado con Lynette Martínez, una mujer maravillosa que es la luz de su vida. Residen en Manatí, Puerto Rico.

Tu Dios no es mi Dios en El Magacín de España Peter R. Vergara Ramírez

http://www.elmagacin.com/tu-dios-no-es-mi-dios/

Tú me das, yo te doy. (tiempos modernos)

Tú me das, yo te doy
Se preguntarán la razón de nombrar este artículo así. Sencillo. Voy a tocar un tema que a mucha gente no le gusta, y apenas hablas de ello, se van huyendo. Desgraciadamente, en nuestra sociedad llamada moderna, la puertorriqueña, y también en muchos países, vivimos una época en que el interés es el motor principal de las relaciones humanas, y voy a explicar esto.
Antes, y me refiero a las décadas anteriores, existía algo llamado urbanismo, tradiciones familiares, y costumbrismo. Nuestra gente en aquel entonces conocía las buenas maneras, el saludo cordial, el sincero apretón de manos, el abrazo genuino, el compartir de comidas típicas los domingos por la tarde, las largas tertulias en el balcón de la casa, el paseo a pie hasta la plaza de recreo para confraternizar con los vecinos, los viajes a la playa, la jugadita de dominó, la bebelata en el cafetín de la esquina, el paseo nocturno por la calle McKinley, de mi pueblo de Manatí, para observar las vitrinas de las tiendas, la consabida parada en los mantecados chinos después de salir del Teatro Taboas, en fin, muchas cosas que nos identificaron como pueblo, y que ya no encontramos ni buscamos porque la modernidad del Smartphone, Internet, juegos electrónicos y todas esas cosillas nos arroparon hace unos pocos años, y ya para los efectos es casi imposible el volver a nuestras raíces. Lo que se pierde en el camino no lo recuperamos jamás, y las cosas buenas de antaño, menos.
Sigo con el antes, las cosas las hacíamos de corazón, sinceramente, por el sólo hecho de realizar un noble acto, y nuestras familias, digan lo que digan, eran más unidas que en el presente. Tiempo atrás, los miembros de una familia, por las limitaciones de energía eléctrica, transportación, facilidades, compartían en el seno de su hogar amigablemente, y los problemas de uno, eran los problemas de todos, hasta de la comunidad cercana que se unía al asunto sin pedírselo.
Hoy en día, no vemos eso. Las familias raras veces comparten, los niños en sus celulares y las redes sociales, los hombres en el negocio de bebidas viendo juegos de baloncesto de la NBA, las mujeres metidas de cabeza arrancándose los pelos en Facebook y Twitter, y cuando vemos, los niños crecen sin presencia paternal y maternal, y los padres no saben ni lo que significa criar un hijo, envueltos en su mundo de fantasía que al final, les pedirá cuenta.
Hoy vivimos el universo del Tú me das, yo te doy. Puro interés en todas las facetas de la vida. Yo recibo más dinero, trabajo. No estoy diciendo trabajo mejor, sino trabajo, pues esta es la actitud negativa de muchas personas en el presente, devengar salarios sin rendir frutos, y lo mismo aplica a las relaciones familiares, política, iglesia, todo lo que de una u otra forma se relaciona íntimamente con nuestra sociedad.
Ya no damos nada por el solo hecho de dar, sin esperar nada a cambio. Nuestro mundo, desgraciadamente, está lleno de esto, y no va a cambiar; al contrario, empeorará, pues lo bonito del pasado jamás regresará.
La satisfacción que una persona siente cuando da algo sin esperar nada, es incomparable. Es como si diéramos algo de nosotros para hacer un bien, y no nos hace falta que lo agradezcan, pues nos sentimos satisfechos y ya. Bueno, los que hacen todo por interés no, estos son distintos, estos no mueven un dedo si la recompensa no lo vale. Son seres humanos, si se les puede llamar así, que no hacen falta en la vida de nadie.
Volvamos a nuestras raíces, la puertorriqueñidad bonita, la mirada cálida y sincera, el desearle el bien al prójimo, el no envidiarle su última adquisición, ni el hablar a espaldas de los demás por el sólo hecho de tener un poquito más que nosotros. Tampoco peleemos con nuestros vecinos y hermanos por el único hecho de diferir con nosotros en los aspectos sociales, religiosos o políticos. No vale la pena. Es más bonito el ayudar, aunque no creamos en su posición.
Al final, para poder levantar lo poquito que nos queda de nuestras raíces, vamos a necesitarnos todos, sin distinción de ninguna índole.Todos estamos en el mismo bote, y debemos navegar hacia un puerto seguro, sin importar el capitán de la embarcación. Aquí nos olvidamos de colores, todos somos iguales si queremos salvar a nuestro país del olvido de las tradiciones en que se encuentra sumido.
Eso es, si aún tenemos el tiempo para hacerlo.
Depende de nosotros…

Peter R. Vergara Ramírez

REGRESA TEMPRANO #historiasdemiedo,@vergrampeter

REGRESA TEMPRANO   #historiasdemiedo@vergrampeter
—Espero regreses temprano de la escuela. No te vayas a jugar con tus amigos a la casa abandonada— le dijo su madre en la mañana mientras desayunaban.
—Ya no voy a ese sitio, mamá— respondió Carlitos— Ahí asustan. Da miedo.     —¿Asustan? Es una casa abandonada. El peligro de ese lugar es que en cualquier momento se derrumba, y no quisiera que te encontraras tú o cualquier niño en ese momento. Me preocupa, hijo.
    —Está bien, mamá, no te preocupes— No voy.
    —Perfecto. Te espero entonces a la tarde aquí después de salir de clases. Quiero que conozcas a alguien.
    —¿Un nuevo novio? —se burló Carlitos. A pesar de su corta edad, 11 años, era muy espigado y despierto.
    —Haz lo que te digo. Nos vemos— se despidió con un beso en la mejilla—. María te lleva a la escuela. No la hagas esperar como siempre. La atractiva mujer de regio porte se fue.   
    —Bien.
Minutos después el niño salió en compañía de la empleada de servicio, María, rumbo a clases. Apenas llegó a su escuela, vio a sus amigos en el patio de recreo. Los llamó.
     —¿Vamos esta tarde al salir de clases a la casa abandonada? — les preguntó a sus dos amigos, Pedro y Luis. Ambos se rieron.
   Estábamos hablando de eso. Pedrito no puede, pero yo te acompaño.
   Muy bien. Luis, a la salida nos encontramos para ir.
   Vale.
La casa abandonada era una antigua mansión victoriana a las afueras del pueblo, a unas dos millas de la casa de Carlitos. Se podía llegar a ella por un estrecho camino rodeado de árboles. Carlitos y Luis iban tarareando una canción de moda mientras subían trabajosamente por la vereda que conducía a la vetusta casona.
Los jovencitos se percataron de algo apenas llegaron a unos metros de la casona.
   Qué extraño— dijo Carlitos—. La puerta está entreabierta.
La puerta principal de la residencia se encontraba un poco abierta. Carlitos y Luis se miraron, asustados.
   Yo no entro ahí. Parece que hay alguien— dijo Luis, nervioso.
   No creo. A lo mejor alguna persona entró y la dejó así al irse, o el viento la abrió.
   Puede ser
   Vamos. Entremos.
Entraron a la abandonada casona. No se escuchaba nada. Un total silencio invadía el lugar, impregnado de polvo y herrumbre, y cubierto por hiedras en las ventanas.
Tomaron la escalinata principal que llevaba al segundo piso. La madera de las tablas crujía bajo sus pies según subían.
Llegaron finalmente al piso. Carlitos llevaba, como siempre, una pequeña linterna regalo de su madre.
Fueron avanzando hasta una puerta al final del largo pasillo, donde siempre se reunían para jugar.
Carlitos encendió la linterna. La oscuridad reinaba.
Distinguió algo raro en el suelo. Eso no estaba la última vez que fueron.
Dirigió la luz hacia allí.
Una mancha, algo húmedo al parecer.
Viscosa, roja.
¿Sangre?
Carlitos, el más atrevido de los dos, se arrodilló. Luis se mantuvo alejado, esperando, y temblando de miedo, loco por salir corriendo.
Carlitos pasó sus dedos por la mancha, y olió.
   Huele a sangre.
   ¡No me digas! — se burló Luis—. ¡Por supuesto que es sangre! ¡Vámonos de aquí!
Los jovencitos no se dieron cuenta de que una puerta detrás de ellos se abría lentamente, y unos ojos malignos, brillantes, ocultos en la oscuridad, los vigilaban.
El hombre apenas tuvo tiempo para esconderse una vez escuchó a los niños subir la escalera. Jadeaba por el esfuerzo, no podía respirar con facilidad, especialmente porque tuvo que cargar el cuerpo y esconderlo a toda prisa.
El cuerpo de la joven.
La que había asesinado una hora atrás al salir ella de su trabajo en la repostería del pueblo.
La había engañado al ofrecerle un aventón, y la condujo hasta ese lugar abandonado. Conocía las leyendas tejidas alrededor de esa casona, y sinceramente, no esperaba visitas tan temprano.
Ahí acabó con la vida de la hermosa muchacha rubia.
Ella esperaba quizás un ligue amoroso, porque el hombre era guapísimo, y lo que encontró fue su muerte a manos del desalmado asesino.
Sin querer, tropezó con algo dentro de la habitación. Maldijo en voz baja.
El ruido alertaría a los niños.
Efectivamente, la puerta se abrió de repente, y la luz de la linterna de Carlitos los descubrió.
El cuerpo de la joven, tendido en el suelo, y el asesino de pie mirando furiosamente a Carlitos y a Luis. Unos ojos malignos que se quedarían por siempre en la memoria de Carlitos.
Todo fue demasiado rápido a partir de entonces. El sanguinario criminal agarró a Luis por la camisa, lo levantó en vilo, y lo arrojó brutalmente contra la pared del fondo, matándolo en el acto.
Carlitos reaccionó, y gritando despavorido, salió corriendo de la habitación, bajó las escaleras en un santiamén, y escapó de la casona, sintiendo el aliento del asesino pegado a su nuca.
Nunca supo el tiempo que le tomó llegar a su casa al otro lado de la colina. Quizás una hora o más; quizás minutos. Estaba aterrado. Su amigo Luis estaba muerto posiblemente, y un asesino lo perseguía.
Tenía que decírselo a su mamá, llamar a la policía, rescatar si era posible a su amigo.
Llegó finalmente a su casa. Había un auto estacionado al frente.
El nuevo novio de mamá.
Al menos era un hombre, y lo defendería si el asesino aparecía.
Jadeante, asustado, tembloroso, abrió la puerta.
Su madre estaba en la sala, sentada al lado de una persona. No alcanzaba a verlo bien.
Su madre lo descubrió, y presurosa fue donde él.
Sin darle tiempo a hablar, y sin reparar en su aspecto aterrorizado, le dijo:
   Regresaste temprano, hijo. Ven. Te quiero presentar a mi amigo, el
nuevo sheriff del pueblo. El hombre se levantó del sofá, y se volteó a mirarlo.
   Hola. Al fin nos conocemos, Carlitos.
¡Era el asesino de la joven rubia y de su amigo Luis!
En cámara lenta vio como el asesino sacaba una pistola escondida, y les apuntaba a los dos.
    —¡Noooooooooooo!